Antonio
Zandegiácomo
Nativo
de Aurenzo, un pueblo de los alpes italianos en la provincia de
Belluno, llegó a Bariloche en 1939; con un título
de Profesor de Dibujo de la Escuela de Artes Decorativas de Buenos
Aires. El oficio que le permitía ganarse la vida era el de
“pintor”; pero de “brocha gorda”.
Eran fines de la década del treinta y ya se visualizaba la
fisonomía que la impronta de Bustillo estaba dando al -todavía
pueblo- de San Carlos de Bariloche. El Centro Cívico estaba
en plena construcción y el Hotel Llao-Llao estaba siendo
reconstruído, ya que había sufrido un voraz incendio.
Vivían muchos italianos en la zona y el paisaje cordillerano
era bastante parecido al de su lugar de origen; de manera que no
le costó adaptarse al nuevo ambiente.
Hizo lo que los otros inmigrantes chilenos o europeos: se instaló
en la periferia, cercó su terreno con gruesas orillas, hizo
el desmonte de rigor y construyó su casa. Armó una
huerta y crió gallinas, patos y conejos. Y formó una
familia…
Como
artista capturó para siempre el otoño de Bariloche
en su paleta. Con trazos sueltos y logrando un gran equilibrio de
color logró lo que todo pintor desea; el tono preciso y el
total aprovechamiento de la luz. Sus paisajes eran sencillos, tomando
con sutileza detalles de la pequeña aldea, que hizo suya
con los pinceles, óleos y temperas.
La presencia de Antonio en exposiciones era siempre valorada por
su estilo inconfundible y su calidad.
Con el correr de los años su trabajo fue el de profesor de
artes plásticas y se dedicó a su pasión de
toda la vida: pintar.
Se convirtió en el “pintor barilochense” de su
época; exponiendo con éxito en Esquel, Rawson, Trelew,
obviamente Bariloche y también en La Plata y Buenos Aires.
En toda su trayectoria recibió premios y menciones.
En el año 1958 se hizo acreedor al Gran Premio Municipal
de Bellas Artes.
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