Con
extraordinaria sencillez Fernando Zobel contestaba mis cartas y algo
sorprendido de que sus aventuras artísticas llegaban a estos
lugares del gran sur tan lejanos.
La situación en España no era recomendable para que
yo viajase según su última carta.
Pero ya estaba todo decidido desde siempre.
La llegada a Madrid fue en absoluta soledad como corresponde a alguien
que no conoce a nadie ni nadie espera. Sólo tenía algunas
direcciones que nunca use, excepto una, la de otra personalidad que
me interesaba mucho, Fidel Alsina, físico y matemático
de la Fundación Bariloche que en esos días vivía
en Barcelona. Fue un gran placer estar una semana con una persona
de inteligencia y mente brillante e inquieta. Visitamos museos, hablábamos
de arte y hacíamos linda cocina con vino Carta de Plata.
Mi idea de destino era Madrid y resultó ser cómoda,
de mi agrado, compartir grandes experiencias con artistas de diferentes
lugares del mundo. No tardé en llamar a Fernando Zobel y fue
tan amable como siempre; su invitación a visitarle me dio mucha
alegría. Una cálida tarde de sol me dirigí a
la calle Espalter. Tenía tanta ansiedad como tantas otras veces
que me encaminaba a visitar algún museo.
Allí me recibió una señora de rasgos filipinos
y blanco delantal. También una blanca pared tapizada de pequeños
grabados antiguos. La señora me pidió que pasara y enseguida
allí estaba Fernando Zobel.
El que había visto en los libros, El amigo de todos los grandes
pintores modernos Rafael Canogar, Eduardo Chillida, Martín
Chirino, Modest Cuixart, Guillermo Delgado, Francisco Farreras, Luis
Feito, José Guerrero, Joan H. Pigman, Antonio Lorenzo, César
Manrique, Manuel Millares, Manuel Monpó, Lucio Muñoz,
Jorge Oteiza, Pablo Palazuelo, Gerardo Rueda, Antonio Saura, Eusebio
Sempere, Pablo Serrano, Antoni Tapies, Manuel Viola, Gustavo Turner,
caminando a mi encuentro. Un hombre de cuerpo grande, alto, cálido
y amable.
Don Rogel dijo tendiéndome la mano, le agradací su amabilidad
por recibirme: ¨Tranquilo, Tranquilo¨, replicó y la
verdad me tranquilizó porque estaba algo nervioso. Nos sentamos
frente a frente con escritorio de por medio que según pude
ver era donde dibujaba y escribía.
Dos grandes y gordas Mont Blanc me llevaban los ojos.
Mi interés por las lapiceras nos llevó a hablar de las
Mont Blanc del calor de la tinta con la que me había escrito
cartas de color rojo negro sangre toro. Era una tinta que había
conseguido en Boston y solo un frasco hablábamos de pintura
de que los catalanes solo compran pintura catalana y que con nuestros
apellidos allí no tendríamos suerte con la venta.
Tendría que llamarme Zobelet dijo sonriendo.
Me invito a conocer su taller donde todo absolutamente todo era blanco.
Los únicos contrastes de colores eran su inmensa caja de pasteles
Rembrandt y algunos trabajos en papel que estaba realizando sobre
grandes mesas.
Todo era luz en el taller y en mi alma. Dos grandes ventanas daban
al Parque Jardín Botánico.
Su dormitorio era un pequeño espacio donde sólo estaba
su cama y un crucifijo en la cabecera de buen gusto.
Aquí esto es solo para dormir. Me mostró algunos dibujos
en block hechos artesanalmente con excelente papel que saco debajo
de su escritorio. Por estos días estaban contando sus dibujos
–ya van por los 16.000- dijo satisfecho. Voy a los conciertos
allí me reservo un asiento en la primera fila me divierto dibujando.
Mis ojos lo querían abarcar todo.
Cuando me acercaba con cierto interés a algo, me miraba y me
preguntaba, ¿le gusta?, se lo regalo, esto se repitió
varias veces. Finalmente lo que acepté de mucho agrado fue
un libro suyo de la serie blanca que me lo autografió generosamente.
Nos despedimos y con la pared blanca con grabados antiguos de testigo.
La comente lo importante que había sido para mí haberle
conocido la calle estaba luminosa, el aire era tibio y calmo y caminé
sin rumbo. Sabía que a la vuelta de la esquina me esperaba
otra aventura artística.
Miré el libro que llevaba en mis manos, lo abrí en primera
hoja serie blanca Fernando Zobel y con tinta roja negra sangre toro,
afectuosamente al pintor argentino Rogel. Madrid 1983.
Lo cerré, lo apreté debajo del brazo y seguí
sin rumbo, caminando.
"Tree"
Fernando Zobel |
"Sentimiento"
Antoni Tapies |
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