FERNANDO
ZÓBEL
ANTONIO LORENZO.
Del libro “Zóbel dibujos”. Madrid, 1963
Esta
vez el pintor Zóbel ha decidido quitarse los ocho mantos
protectores que le cubren y mostrarnos algo de su intimidad. Si
en un pintor descubrimos algún secreto, será siempre
su dibujo el mejor vehículo delator: con el dibujo no valen
lijados, ni oxidaciones al horno, es su desnudez, expuesta a la
mirada de todos, la que cuenta. Si un pintor quiere encubrir lo
que ignora, elegirá obras enjundiosas para hacerlo, nunca
el dibujo, y si lo elige, descubrirá “ipso facto”
su debilidad. El dibujo es demasiado evidente por sí mismo
para admitir disfraces.
El
dibujo de Zóbel es el centro de gravedad de su obra artística.
Por eso resulta muy significativa esta selección de obras,
es algo así como si nos diese permiso para entrar en su cámara
secreta. Aquí podemos comprobar, una vez más, lo que
de puro dibujante tiene este pintor, cuyos cuadros casi siempre
están en función de un “motivo dibujístico”.
Aludir a esto, aunque sea de pasada, no tiene otro objeto que subrayar
su naturaleza de dibujante, que incontenible invade su pintura,
quedando del todo patente cuando se ciñe al terreno propio
del dibujo, el pequeño formato.
Fernando
Zóbel no dibuja de una manera, sino de muchas maneras; no
se proyecta de una vez para todas, al revés, le divierte
cambiar, escudriñar, partir de distintos supuestos. Por eso,
si queremos estudiarle tendremos que hacer una distinción
de modos e intenciones. Brevemente voy a analizar dos maneras distintas
que tiene Zóbel de abordar el dibujo sin que esto implique
que dentro de cada una de estas maneras no existan matices y diferencias
acusadas.
La
manera que llamaré primaria es el apunte, que como expresión
directa e intimista no se suele exponer en público. Estos
apuntes son prácticamente “diarios”, llenan bastantes
libros de bastantes hojas, algo así como cuadernos de bitácora
donde sale a relucir el mundo que desfiló ante Zóbel.
En estos cuadernos se nota una voluntad de definir la realidad,
un afán de paralizar el tiempo, un temor de que las cosas
desaparezcan. Si tienen este contenido psicológico, tienen
también el de puro ejercicio plástico, ejercicio para
cinco dedos, donde Zóbel toma gracia y vuelo para otras incursiones
más altas. Se puede decir que es una manera de enriquecimiento:
en ella el artista satura sus ojos de formas que le son dadas exteriormente.
Documentos vivos de lo que pasa, son también una experiencia
de hacer e interpretar algo humorista; a veces parecen un puro divertimento...
de todo tienen.
La
mano de Zóbel no permanece quieta ni ante lo más sagrado.
Es más, entra a saco en el más respetable Museo como
si estuviera en su casa. Para él los cuadros quedan reducidos
a modelos, a objetos naturales dignos de estudio. Analizar, quitar
y poner donde hay y donde no hay, ése es el juego y el aprendizaje.
La curiosidad de Zóbel no se para ante nada, él “quiere
extraer el tuétano a los maestros”. Por eso se pasea
pluma en ristre por toda la historia de la pintura. Mira, interpreta,
dibuja, jamás copia. Reduce la obra ajena a puro objeto de
interpretación, descompone y vuelve a construir a su modo.
El apunte abarca eso y mucho más, pero aquí lo que
nos interesa es esta diferenciación: dibujo como apunte viajero
y dibujo definidamente estético, sin intención documental,
que se puede hacer y se hace generalmente de memoria.
A
intenciones distintas corresponden resultados distintos. El apunte
generalmente cuenta cosas que ven los ojos; el dibujo de memoria
cuenta lo que uno imagina, en un proceso mental que es en el fondo
el mundo donde se mueve la representación abstracta. Ahora
bien, como ingrediente común se nos presentan todos aquellos
aspectos de la representación que son la preocupación
de Zóbel: dinamismo, espacialidad, estructuración,
gracia, etc. En el dibujo de memoria afloran de un modo virtual,
en el apunte muchas veces son introducidos a viva fuerza, destruyendo
la objetividad de la imagen que sirvió de modelo. ¡Que
más da! El artista se mueve siempre en una escala de objetividad
relativa.
¿Qué
pasa cuando Zóbel se vuelve dibujante “serio”
y decide realizar dibujos de exposición? Lo primero que notamos
es que pierde literatura, cuenta menos cosas divertidas, se vuelve
más abstracto. No por ello deja de vivir la realidad que
le rodea, aunque los resultados sean difícilmente reconocibles
como tal realidad. Zóbel es conducido a la abstracción
por la misma exigencia de la técnica pictórica o dibujística,
más que por necesidad de huir de la representación
natural. En Zóbel sucede a veces que una motivación
muy concreta, como puede ser un paisaje, una persona, dan lugar
a una representación abstracta. Esto implica que sus motivaciones
son muy poco abstractas, muy primigenias. Al igual que Proust, entra
en la abstracción por caminos sembrados de cosas pequeñas,
pormenorizadas, muy definidas. Si en Proust estas naderías
dan lugar a todo un método de introspección, en Zóbel
dan lugar a una unitaria colección de dibujos que parecen
“inventados”. Nuestro pintor es capaz de extraer de
un florero unas formas dinámicas que después, algo
irónicamente, titulará ICARO. Es capaz, por serlo
superlativamente de abstraerse ante un bodegón de Meléndez,
hacernos un dibujo de su espacio con líneas entretejidas
que son pura movilidad y transparencia. ¡Listo va el que quiera
reconocer allí el tema que dio lugar a ese resultado!
Este no renunciar de Zóbel a lo que ve está implícito
en su sinceridad; él se sabe ayuno de verdades totales, permanentes.
En efecto, la mente no crea formas sin motivaciones sensoriales,
el lenguaje se empobrece hasta morir de aburrimiento abandonado
a sí mismo. Así Zóbel alarga su mano a lo que
ve, sin humillación ni soberbia, como cosa necesaria y útil,
igual que tomamos el alimento de cada día. Pero en un sentido
estético tan hondo, que desde el mismo momento que toca las
cosas quedan éstas desprovistas de su vaina temporal y anecdótica,
transformadas en signo, en razón de ser artística.
¿Qué
intentamos expresar al decir que Zóbel es ante todo un temperamento
esteticista? Para entender tenemos que esbozar, aunque sea a brochazos,
el panorama actual del Arte.
El
mundo de la pintura se debate en este momento entre dos posturas
antagónicas, que no son precisamente “abstracta”
y “figurativa”, como muchos piensan, sino entre dos
viejas actitudes conocidas por todos de antaño y disfrazadas
con trapos de hoy. Me refiero al expresionismo (en otra época
romanticismo) y al esteticismo (en otra época clasicismo).
Los practicantes del expresionismo ven como impuros los esfuerzos
esteticistas, su pretensión de elegancia, de cosa bien hecha,
de objeto duradero. Un ejemplo: la concepción de una forma
abstracta en el espacio, sin más intervención expresiva
que la de estar bien pintada, puede resultar a un expresionista
ofensiva. Consideran estos románticos de hoy que por esta
vertiente el Arte pierde vigor, calor y sentido humano, tanto como
puede ganar en belleza y equilibrio. Ellos han recargado de sentido
peyorativo la función decorativa de la pintura, sentido que
antes no tenía y que ahora viene a ser como una objeción
a toda clase de pintura que no haga gestos. (Toda la pintura abstracta
que tiene alguna clase está cayendo en el esteticismo, abandonando
a toda prisa el informalismo).
Por
otro lado, los esteticistas arguyen que el expresionismo es un proceso
de descomposición hacia la literatura, el guiñol,
el gesto fácil, cuando no el grito a destiempo. En el fondo,
es como un nuevo folklorismo que viene a sustituir la pintura con
moraleja de principios de siglo y que al impregnarse de la literatura
existencialista y barbuda de nuestra época, no ha podido
evitar la tentación de caer en el “feísmo”
en efecto, aquí, en la Argentina, en Estados Unidos, en Alemania
y en el Polo Norte, el expresionismo actual se nutre del esperpento,
de una humanidad bastante echada a perder. Su misterio es luctuoso;
su significado, un tremendo suicido colectivo.
El
mundo de la pintura oscila pendularmente entre ambos extremos y
pude decirse que si los extremos están ocupados, también
lo están las zonas intermedias. Dentro de este defectuoso
pero universal esquema, Zóbel se sitúa en la zona
de los esteticistas, en el sitio que corresponde a la pintura abstracta
que aún no está arrepentida de sí misma, que
no ha caído en la marrullería del neo-figurativismo.
En
Zóbel no hay gritos, bocas torcidas, corvas al aire y sobre
todo Cristos gratuitamente deformados: un solo gesto, el movimiento
de la mano por su decisión y a veces su temblor sobre el
papel. Movimiento que parte de una motivación tan humana
como la cabeza de un niño o el cuerpo de un bañista
y que pasa al papel depurado ya de cualquier contingencia. Es un
extraño proceso en donde las formas se catalizan en diagonales
o paralelas, fugas y ritmos, tramas lineales, obedientes a una ley
inexorable: el espíritu de Zóbel dictando: esto hace
mal, esto hace bien.
Yo
sé de grandes discrepancias por la situación de una
pequeña forma en un plano. Discusiones que moverían
a risa a cualquiera llegado de fuera. Es como un denso problema
que no tuviera “motivos”, sólo creado por la
situación y el aspecto representativo de las formas. El que
un entretejido de líneas pierda transparencia o sensación
de profundidad, es tan catastrófico como que en un dibujo
de Ingres un ojo estuviera muy por debajo de otro. Esta constatación
y valoración de cuestiones que plantea la realización
artística con toda su gama de contrastes, fuerte-débil,
transparente-opaco, dinámico-estático, luminoso-sombrío,
etc., constituyen, en sí, la última “ratio”
del esteticismo actual, su evidente y quizá escasa justificación
humana, pero la única de que dispone, que da lugar a un género
de pintura de consideraciones puramente plásticas que si
para muchos es despreciable, es terriblemente universal, abrumadoramente
colectivo, y desde luego el único que aporta nuestra época.
(se muere uno de risa al pensar que no han sido argumentos nihilistas,
ni angustias de postguerras, ni la literatura del “cansancio”
los ingredientes que hacen brotar el arte no figurativo, sino un
terrible afán de desquitarse de todo eso, de negarlo, de
querer vivir bien, quizá de un idealismo, de desear a su
vez la obra bien hecha, un hedonismo de la perfección que
de día en día es más patente en los artistas
mejor dotados.
“Cuando
el artista no gesticula hacia fuera, busca irremisiblemente la ordenación
interior de su mundo”. Zóbel es de la fauna que se
preocupa aún por la dirección de una línea,
por el espacio que sobra arriba o abajo, por la tensión de
unas formas, en fin, por desear a sus obras el mismo ajuste matemático
que se exige a la clave de una bóveda en arquitectura.
Y,
sin embargo, aquí entra en juego otro factor de Zóbel
claramente visible: su madurez, que le permite hacer los dibujos
de un “papirotazo”, como jugando, conservando con esto
toda la frescura de trazo de la primera intención, aunque
se trate de viejos temas que va depurando poco a poco. Prefiere
repetir, a insistir y modificar.
En
este conjunto de dibujos de Zóbel están comprendidas
varias facetas suyas. Dibujos del natural muy decantados, que parecen
dibujos abstractos, dibujos propiamente abstractos, interpretaciones
libres de algunos cuadros de museo, que difícilmente recuerdan
los originales si no fuera por los avisos del autor, etc. No he
tratado de analizar estos dibujos uno por uno, porque considero
ridículas estas descripciones topográficas de la obra
de arte, que se atienen a su epidermis y olvidan el meollo, los
supuestos que la hacen posible; tampoco me parece decente establecer
juicios de valor. ¡Es tan fácil caer en ditirambos
amistosos! Es más honrado no querer influir en el lector
valiente que ha sido capaz de seguirme hasta aquí y que juzgue
lo que quiera. Yo sólo me he limitado a situar e identificar
a un pintor llamado Fernando Zóbel y sospecho que, a pesar
de mi esfuerzo, no lo he conseguido.
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