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Carlos
Casalla |
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Las
historietas de Carlos Casalla se convirtieron en la lectura habitual
de varias generaciones de argentinos. En la época de gran auge
del género, en las décadas del ‘70 y ‘80
la Editorial Columba editó innumerables aventuras; y las que
mejor caracterizaban aspectos de la cultura argentina eran “las
de Casalla”.
“Crónicas de un porteño viejo” describía
en memorables relatos gráficos el suburbio, con sus empedrados,
tranvías, vestimentas y cierta cadencia musical. “Larson”,
“El cosaco”, “Chaco” y muchos otros personajes
hicieron popular un estilo, con sus caballos característicos
y continuas escenas de acción.
Pero mucho antes ya el célebre “Cabo Savino” vivía
en las páginas de las publicaciones de Columba. Durante 33
años mostró un relato casi literario de la lucha entre
el pampa y “milico”, cuando el Gobierno Nacional buscaba
expandirse y ocupar “el desierto”. La historieta no pretendía
instalar un planteo ideológico sobre el tema; mas bien era
una lucha heroica con “buenos” y “malos” que
buscaba entretener con temas criollos a jóvenes y a adultos.
Casalla siempre bromeó con el hecho que Savino no fue ascendido
en 33 años, a pesar de sus permanentes actos heroicos y su
honestidad a toda prueba.
Instalado en Bariloche Carlos “Chingolo” Casalla siguió
trabajando como historietista (para editoriales de Buenos Aires y
de Italia) y como ilustrador de temas criollos, dándole un
tinte más regional a sus dibujos. Por encargo de Parques Nacionales
ilustró parte de la historia patagónica con su personal
estilo para la Pinacoteca de la institución. Participó
en exposiciones de artistas plásticos y, cuando le fue posible,
dio rienda suelta a su amor por el jazz. El dibujante Norberto Gandini
y el caricaturista Hermenegildo Sábat lo ayudaban “a
despuntar el vicio”. .
Y en algún momento las historias vividas que surgían
en las conversaciones con pobladores de la zona, amigos, memoriosos
de anécdotas de hechos ocurridos en la zona del Nahuel Huapí,
o sugerencias de amigos como Manolo Puente de lo bueno que sería
“dibujar la historia” local, lo llevó a crear y
desarrollar una gran fábula en un libro que denominó
“El Gran Lago”. A fines de 1994 lo presentó en
el Salón Cultural de Usos Múltiples Municipal. Hoy es
material de consulta en escuelas de la ciudad. A comienzos del año
2001 avanzó un poco más y “contó”
una buena parte de la historia zonal en un mural. Esta vez es un solo
gran cuadro, sin globitos y con personajes que “hicieron”
esa historia.
Y no hace mucho aceptó el convite de un emprendimiento comunitario
e ilustró el “Martín Fierro”, para que una
ONG local financie un programa de contención de jóvenes
.