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Las
pinturas de José Luis Rogel presentan al hombre en el peligro,
angustiado por la vastedad del espacio que no es todavía
morada y mucho menos “La Naturaleza”.
El
hombre expuesto en la desnudez del acto. Un primer acto violento
que reúne resplandor con sordidez en una rara opacidad: pantalla
que retiene con eficacia todo esteticismo, imponiendo su propia
y decidida disciplina.
Perteneciendo a cierta tradición formal “moderna”,
que va desde las “señoritas de Avignon” al expresionismo
alemán de “El Puente”; recibida de su maestro
Toon Maes; Rogel lleva el sistema al borde del desastre.
Una
emoción tremendamente contenida que no puede más que
desbordar, como el dique de S. Rottluff.
El
andamiaje constructivo se quiebra y desmorona en los gestos y desplazamientos
de la rica materia pictórica. Calma y agitación a
la vez.
¡Física poética!
Tensión entre permanencia y lo que se pierde en el instante.
Rogel pinta la figura humana sin definirla, buscando la cara y la
pose que manifiesten el mundo, indudablemente hostil, que enfrentan.
Lo conmovedor de estas obras es la intensidad de la lucha (¡encarnizada!)
entre un ser anterior a la tragedia, desolado en su animalidad y
el ser que crea y cree…hundidos en un silencio incómodo
y cortante.
En una época que quiere desentenderse definitivamente de
la Naturaleza, simulando su inexistencia, José Luis Rogel,
que es un extraordinario paisajista enlazado con la escuela de paisajistas
de Bariloche, sufre la visión de un espacio posible (¡inexplorado!);
no ve su extinción, mira algo en formación , abierto,
que no llega a ser sólido, que tiene como destino la imposibilidad
de cerrarse…
Juan
Cavadas, Marzo de 2001
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